Esperar lo necesario puede traer las sensaciones más profundas...
1 día o 365.
Hasta que tu inspiración se enfoca absolutamente en la piel que quieres recorrer tan lento como la respiración en medio de la meditación.
Profundo, escuchando todo tu cuerpo vibrando tan alto que sientes el latido del pecho y las ganas de saborear todo su ser:
su alma, su aroma, su piel delicada.
Ella se niega a ir rápido, y tú lo aceptas porque no llevas ninguna bendita prisa.
Pero ella sabe que confía en ti, y tus manos dejando caer las gotas de aceite con aromas a vainilla por su espalda, glúteos, vientre, hombros, manos, se convierten en un puente entre el miedo y el tangible placer.
Sexo o amor, me quedo con extasiar su alma de la forma más envolvente posible.
Mi cuerpo está hecho para aguantar y he sido un valiente mientras hacía temblar sus piernas.
Y sus manos iban acomodándose a sus tobillos, lista para ser encendida por mis fuegos artificiales, en una noche memorable.
Un movimiento y dentro de su alma podía sentir el cosmos, la gracia de ser astronauta entre sus pechos de Diosa, de besar ambos labios que me proclamaban tan firmemente.
Tomarla de sus caderas, de sus hombros, perderme tan bien en su ser, regresando con miles de besos por doquier — al hecho de que estaba siendo mía y yo de ella.
Sin miedo alguno.
Con un placer profundo, como sus ojos espaciales, yo aventurándome a los ritmos más inquietos de su vientre benevolente que me buscaba con cada movimiento.
Abierta de piernas como un paraíso.
Sobre mí para cabalgar mi dominio, abrazando su espalda para que gritara en mis oídos sus hermosos alaridos.
Perfectos orgasmos — me faltaron dedos para contar cuántos; dos de los míos estaban ocupados llamando al cuarto de esos mojados labios, un movimiento estudiado, empapado por todos lados.
Un hermoso desastre entre sábanas, a luces tenues y velas suavemente calentando nuestro ambiente.
La respiración entrecortada para ambas de nuestras almas.
El tiempo no tuvimos que analizarlo — se movían los minutos como su flexible cuerpo lo hacía en cuatro.
Las velas alrededor de este íntimo altar danzaban al ritmo que yo hacía bailar a su piel.
Un ritmo tántrico, exótico, único, lento en teoría.
En la práctica aceleramos como si no existiera un mañana, como si su boca no emanara fuego al besarme sedienta de correr una maratón que nos dejara tumbados sobre las sábanas.
No tenía que preguntarlo, pero su cuerpo exhalaba el clímax exacto, previo a cada rico y sonoro orgasmo.
Como se describiría un volcán en erupción.
El estallido de una estrella.
El Catatumbo y sus tormentas.
Un cohete lanzado lejos de la tierra.
El universo naciendo por vez primera.
Es difícil de describir, pero fácil de recordar.
Solo sé que mi cuerpo no deseaba parar.
Ni se detendrá, al vaivén del exquisito vientre que me venera gimiendo sin parar hasta alcanzar cada uno de esos siete.
Su sonrisa se iluminó cuando al oído susurré...
—¿Confías en mí?
Me respondía que sí, al tiempo que le pedía apretara bien sus manos detrás de mi cuello, y me deslizaba al borde de aquella cama.
Apretando bajo sus muslos, mi tallado cuerpo se levantaba.
Acto seguido, agitaba como magia dentro de su vientre mi varita mágica.
El choque era indescriptible, mi mente enfocada en la fuerza y el agitar del cosmos.
Hasta encontrar juntos el ritmo en la Vía Láctea.
Su voz me dijo el punto de caramelo.
Para escucharla gemir en mi oído y sentir desbordarse su dulce cuerpo, entre una lluvia de caramelo.